viernes, 3 de septiembre de 2010

RANKING DE LOS MEJORES PAÍSES

En un reciente informe de la revista Newsweek, la Argentina aparece en el puesto 46°
La Argentina quedó lejos, específicamente en el puesto 46°, en el ranking de los mejores 100 países confeccionado por la reconocida revista norteamericana Newsweek . Esa publicación tomó cinco parámetros para determinar ese ranking: esperanza de vida, calidad de vida, educación, dinamismo económico y entorno político. Quedó determinada así una tabla liderada por Finlandia, y seguida por Suiza y Suecia. Dentro de América latina, la Argentina figura séptima.
Para confeccionar el listado, la publicación tomó como punto de partida los últimos datos difundidos por organismos públicos y privados de renombre y trayectoria internacional comprobada, como el Banco Mundial, las Naciones Unidas, la Universidad de Yale, el McKinsey Global Institute, Freedom House y Political Risk Services.
En función de los informes más recientes en las áreas que investigan estos organismos, la revista estadounidense creó el ranking en el que se conjugan los resultados en los cinco rubros mencionados y que van más allá de lo económico.
Es así como, si bien la Argentina se encuentra en el puesto 34° si sólo se tomara en cuenta la esperanza de vida, a esta ubicación la contrarresta el lugar 80° en el que se sitúa la educación.
En los otros tres ítems la posición de la Argentina nunca logró ubicarse entre los 40 primeros lugares. Se trata del entorno político (puesto 42°); calidad de vida (52°) y dinamismo económico, en el puesto 75° del conteo.
Tan sólo nueve países de América latina se encuentran entre los primeros 50 lugares del ranking. El que lidera la lista latinoamericana es Chile, que se sitúa en el lugar 30°; le sigue Costa Rica (35°); Panamá (41°); Perú (42°); Uruguay (44°); México (45°); la Argentina (46°); Brasil (48°), y cierra la lista Cuba (50°). Dato llamativo
Otro de los datos más llamativos es que de los Estados que integran el Grupo de los Ocho (G-8), países con mayor injerencia política, económica y militar del mundo, tan sólo dos forman parte de los diez primeros lugares: Canadá, en el séptimo puesto, y Japón, en el noveno.
De los restantes seis miembros del selecto grupo: Alemania, Estados Unidos, Francia, Italia y el Reino Unido se encuentran entre los 20 primeros lugares y, Rusia, está lejos, en el puesto 51°.
Una de las ausencias más llamativas en el top ten es la de Estados Unidos, que sólo aparece en el onceavo lugar, a pesar de figurar segundo en dinamismo económico y noveno en calidad de vida. Sin embargo, su punto más flojo es la educación, ya que figura en el puesto 26°.
Si comparamos la Argentina con Chile, el mejor país latinoamericano en el ranking, las diferencias son marcadas en cuatro de las cinco variables.
Mientras que Chile figura 51° en educación, la Argentina aparece en el 80°; en dinamismo económico la diferencia es más marcada aún, ya que el país trasandino se ubica en el puesto 24° y, la Argentina, en el 75°. La menor brecha entre ambos países se da en la calidad de vida, donde Chile figura 47° y la Argentina, 52°.
Según detalles del informe de Newsweek, en la Argentina el 97,2 por ciento de la población sabe leer y escribir y la esperanza de vida es de 67 años. CLAVES
Finlandia : el país nórdico lidera el ranking, con 89,4 puntos sobre 100. Figura 1° en educación, 4° en calidad de vida, 5° en entorno político, 8° en dinamismo económico y 17° en esperanza de vida.
Estados Unidos : una de las potencias económicas del mundo sólo aparece en el puesto 11°, con 85,51 puntos. Se anotó el lugar 26° en educación, el 9° en calidad de vida, el 14° en entorno político, el 2° en dinamismo económico y el 26° en esperanza de vida.
Chile : es el primer país de la región, dentro del ranking, que está en el lugar 30°, con 74,12 puntos. Sus números son estos: puesto 51° en educación, 47° en calidad de vida, 30° en entorno político, 24° en dinamismo económico y 26° en esperanza de vida.
La Argentina : se sitúa en el lugar 46° del recuento, con 64,48 puntos: 80° en educación, 52° en calidad de vida, 42° en entorno político, 75° en dinamismo económico y 34° en esperanza de vida.

martes, 29 de junio de 2010

LA ILUSIÓN DE SER BOLIVAR

Viernes 7 de marzo de 2008



LA ILUSIÓN DE SER BOLIVAR



Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION

HIGHLAND PARK, N. J. Quiza cuando se publiquen estas líneas la diplomacia haya transformado en espuma el torrencial intercambio de insultos, amenazas y acusaciones que se prodigaron el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y los voceros del gobierno colombiano, de Alvaro Uribe. Nada puede predecirse en una historia cuyos caminos están regados de pólvora, petróleo y droga, y cuyos protagonistas son de fósforo. Tampoco es fácil entender lo que pasa e imaginar lo que podría venir. Colombia lleva más de cuarenta años de una guerra civil no entre dos bandos, sino entre por lo menos cuatro: el ejército regular, la guerrilla que opera con el nombre de FARC, los paramilitares –nacidos de la desconfianza de los hacendados en la eficacia del ejército–, y los narcotraficantes, que también disponen de soldados y armas considerables. Es una guerra despiadada, en la que las tropas de un bando se suelen pasar a otro con frecuencia, y tan pareja que podría durar cuarenta años más. Colombia ha tenido presidentes excepcionales como Belisario Betancur y César Gaviria, y tanto ellos como los otros han lidiado como pudieron con esa pesadilla que ha costado muchedumbres de muertos, desplazados y fugitivos. Parte de lo que sigue es una historia conocida, pero conviene recordarla para no sembrar más humo en el incendio. El sábado 1º de marzo, el ejército colombiano atravesó la frontera con Ecuador, avanzó kilómetro y medio en el territorio de ese país y atacó un campamento de las FARC. De diecisiete a veinte guerrilleros murieron, entre ellos Luis Edgar Devia Silva, conocido como Raúl Reyes, segundo comandante de los insurgentes, quien había establecido contacto con el presidente francés, Nicolas Sarkozy, para liberar a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt. La invasión era ilegal, como toda invasión, y cualquier observador ecuánime sabe que fue también un palo muy torpe en el carro de las negociaciones. Colombia afirma que contaba con el permiso del gobierno ecuatoriano; éste lo negó, y el sentido común indica que Ecuador no pudo haberlo dado. El gobierno de Alvaro Uribe, por lo tanto, confió a la fuerza de las armas y de los hechos consumados lo que debió confiar a la diplomacia. Colombia ya está harta de la guerra interminable, y ninguna de las partes quiere ceder en una puja que siempre acaba en empate. Los rehenes están agonizando en la selva, eso es cierto, pero la muerte de Raúl Reyes no va a devolverles la libertad ni la vida. Conozco desde hace mucho a políticos y funcionarios del gobierno de Bogotá –de éste y de los anteriores– que darían la vida por deshacer el nudo gordiano en que se han convertido las guerras de su país, pero no han encontrado todavía una salida que apague los odios. Para colmo de males, Hugo Chávez batió el domingo 2 de marzo sus tambores de guerra. Casi nada sorprende ya en su lenguaje sin límites, pero en el unipersonal de televisión que ameniza desde hace varios años usó el más sulfúrico catálogo de insultos que se haya oído en los prados habitualmente corteses de la política internacional. Luego de callar un minuto en homenaje al “comandante revolucionario” Reyes, agravió el silencio llamando a Uribe “presidente criminal” y acusando a su gobierno de “paramilitar, narcotraficante y lacayo del imperio”. Las negativas de Uribe a cualquier tipo de negociación siempre me han parecido exageradas y quizás inhumanas, porque están en juego cientos de rehenes cuyas vidas siguen en manos de las FARC. La situación de los cautivos era menos riesgosa antes de que impusiera su mano dura. Pero el pueblo de su país lo apoya libremente, lo ha reelegido para que mantenga esa política, y ésa es el agua respetable de otro molino. Lo que se pierde muchas veces de vista es el juego que Chávez está llevando adelante en esta historia. El domingo ordenó en su programa de televisión el traslado de diez batallones a la frontera con la vecina Colombia y el cierre de la embajada venezolana en Bogotá, e instó a su par ecuatoriano, Raúl Correa, a que hiciera lo mismo. Correa lo hizo casi enseguida. El lunes 3 redobló la apuesta al expulsar a todo el personal colombiano de la embajada en Caracas y al cerrar la frontera. Correa, presuroso, también rompió relaciones con su vecino del Norte. Conocí a Chávez el último domingo de agosto de 1999, cuando cumplía seis meses de gobierno. Una de las primeras preguntas que le hice –tal como lo conté entonces– fue si los vínculos con las FARC que se le atribuían eran ciertos y si estaba entregándole a la guerrilla colombiana fondos reservados para la compra de armamentos. Fuentes muy confiables me habían dado esa información, exhibiendo algunos documentos que parecían legítimos. Por toda respuesta, Chávez levantó el teléfono, llamó al presidente de Colombia, Andrés Pastrana, y me pidió que repitiera la pregunta. Pastrana negó –como era previsible– todo vínculo de Chávez con la guerrilla y preguntó de dónde sacaba yo esa versión. No se lo podía decir, por supuesto, pero quizá no sea impropio revelar ahora que se trataba de uno de sus colaboradores más cercanos. Chávez se había alzado contra el gobierno democrático de Carlos Andrés Pérez siete años antes, con la idea fija de resucitar la utopía de la unidad política de América latina, lanzada por el libertador Simón Bolívar en un documento clásico: la Carta de Jamaica. Esa ilusión ha sido el eje de casi todos sus actos, y para entender a Chávez hay que saber que él siente que allí, en la realización de la utopía, está su lugar final en la historia. Su adversario ya no es la corona española, como lo era para Bolívar, sino el imperio norteamericano, al que un bloque bolivariano de naciones le podría hacer la vida imposible. Ya a comienzos de su primer gobierno advirtió que le sería difícil alcanzar ese sueño por medio de la política, pero que podría lograrlo uniendo a ejércitos hermanos bajo una bandera común. Sin duda, lo ha seducido el hecho de que la rama política de las FARC se llame Movimiento Bolivariano para la Nueva Colombia, y que tanto las tropas irregulares al cuidado de la ya extinta Zona de Distensión como el sistema judicial que controlaban se llamaran también “bolivarianos”. En la mira inmediata de ese programa de unidad están los países que Bolívar quiso agrupar: Panamá, Ecuador, Perú, Colombia y, por supuesto, Bolivia. Eso explica el apoyo que Chávez brindó al candidato Ollanta Humala, derrotado en Perú, y al que venció en las elecciones de Ecuador, Rafael Correa. No hay por qué reprocharle a Chávez sus ilusiones. Al fin de cuentas, hasta el hombre más humilde tiene derecho a soñar lo que quiere. Pero en su caso, ha contraído responsabilidades con el país que lo eligió, y tanto sus bravatas verbales como los despliegues de tropas en la frontera no resuelven los problemas reales. Cientos de miles de colombianos viven en Venezuela, y los dos países están unidos por fraternidades históricas y culturales inquebrantables, por lazos de familia, por trabajos que van de un país a otro. Se ha insinuado que Chávez trata de distraer a Venezuela de la inflación y el desabastecimiento, que son ahora inocultables. La guerra es siempre un pésimo recurso para salir de esos pantanos, como lo prueba la infortunada aventura de las Malvinas. Así como Uribe es responsable de un hecho gravísimo –la invasión de un país vecino al que llevó su propia guerra–, también Chávez debería explicar por qué se ha exaltado tanto ante el ataque mortal a un campamento insurgente con el que Venezuela nada tiene que ver. ¿O sí?

ALFREDO RANGEL:"COMENZO EL DECLIVE DEFINITIVO DE LAS FARC"

Lunes 10 de marzo de 2008
La entrevista



ALFREDO RANGEL: "COMENZÓ EL DECLIVE DEFNITIVO DE LAS FARC"



La guerrilla perdió capacidad operacional, tiene menos presencia territorial y menos capacidad de ejercer la violencia, afirma el analista político colombiano Alfredo Rangel, quien, si bien no justifica la invasión militar del territorio ecuatoriano, dice que la muerte de Raúl Reyes fue no sólo el golpe más importante contra las FARC en cuatro décadas de conflicto sino también un revés que podría precipitar el fin del grupo rebelde.

Alfredo Rangel parece nadar en contra de la corriente de críticas internacionales que la muerte de Raúl Reyes en territorio ecuatoriano le valió al presidente Alvaro Uribe. No justifica la invasión del país vecino y admite que ahora puede abrirse una impasse en las negociaciones para un intercambio humanitario de prisioneros. Pero cree que la eliminación del jefe guerrillero fue el mayor acierto de la política de seguridad del gobierno de Bogotá y afirma que así lo entiende también una enorme mayoría de los colombianos.

Analista político experto en temas militares, director de la Fundación Seguridad y Democracia, columnista del diario El Tiempo y autor de varios ensayos y libros sobre el conflicto interno en su país, Rangel en ningún momento vio con preocupación el despliegue de tropas al otro lado de la frontera con Venezuela: "Fue un acto fanfarrón de Hugo Chávez", dice al respecto. Y tampoco creyó posible un conflicto bélico en esa frontera que parecía ganar en temperatura con el pasar de las horas, hasta el viernes pasado en la Cumbre del Grupo de Río en República Dominicana se dio por superada la disputa.

Asegura, sin embargo, que sobran las evidencias de que en los territorios venezolano y ecuatoriano existen santuarios guerrilleros. Invitado a trazar los posibles escenarios de la guerra interna colombiana tras la muerte de Reyes, afirma que el descabezamiento de la cúpula rebelde puede marcar el comienzo del declive final de la más antigua y poderosa guerrilla del continente: "Fue un golpe definitivo a la moral de los combatientes", señala.

"La muerte de Reyes -explica Rangel por teléfono desde Bogotá- fue sin duda el golpe más importante que le ha dado el estado colombiano a las FARC en cerca de 40 años de lucha contrainsurgente: era el principal miembro del secretariado de las FARC, la persona que manejaba las relaciones internacionales y la política del grupo guerrillero". Y añade: "Esto se suma a una serie de golpes que había dado el gobierno en los últimos cinco años y que llevaron a un debilitamiento inusitado del grupo guerrillero: es la primera vez en la historia que disminuye la cantidad de hombres en armas, que disminuye su cobertura y presencia territorial, y que disminuyen sus finanzas y su capacidad operacional".

-¿Qué datos apoyan esta idea de un retroceso de las FARC?

-Las cifras que tenemos dan cuenta de una merma a una tercera parte de las acciones ofensivas o violentas de las FARC en los últimos años. En 2002 realizaron 32 hostigamientos y tomas de poblaciones, con enormes daños a la población civil por el uso de cilindros de gas, que son armas incontrolables. En 2007 sólo realizaron un hostigamiento. Esto demuestra una merma en su capacidad operacional. Además, llegaron a realizar entre 600 y 800 secuestros anuales, y el año pasado realizaron unos 200, lo que revela un retroceso en su presencia territorial y en su capacidad de ejercer la violencia. Por eso, la muerte de Reyes podría ser interpretada como el comienzo del declive definitivo de las FARC como proyecto político y militar.

-¿Se refiere a que la muerte de Reyes puede minar la moral de las filas guerrilleras?

-Es un golpe definitivo a la moral de los combatientes, a su disposición de combate y sobre todo a la creencia en la invulnerabilidad del grupo guerrilllero y de su secretariado. Creo que esto en adelante va a disminuir la fe en las posibilidades de éxito de las FARC como grupo insurgente, y puede incentivar aún más las deserciones, que en los últimos cinco años fueron unas 6000.

-¿La muerte de Reyes también puede estimular el debate interno en las FARC?

-Siempre hubo un acuerdo en los lineamientos generales de su estrategia política y militar, pero existen dentro de las FARC tendencias muy duras e inflexibles que acaudillaba Reyes junto con el Mono Jojoy, y una línea mucho más pragmática, más realista, liderada por Alfonso Cano e Iván Márquez. La muerte de Reyes podría fortalecer a la línea más realista y flexible, pero las FARC siempre fueron un grupo muy monolítico y no habría que esperar cambios muy radicales en su orientación política en el corto o mediano plazo.

-¿Cómo podría verse afectada la liberación de los rehenes? Reyes mantenía contactos con el gobierno francés y el venezolano, entre otros, interesados en la liberación de Ingrid Betancourt y los demás rehenes...

-Las personas que están secuestradas en poder de las FARC dependen para su liberación de la voluntad del grupo guerrillero. No es el gobierno colombiano el que las tiene secuestradas. Es la guerrilla, que pudo realizar liberaciones incondicionales en el pasado y no hay obstáculos para que pueda realizar otras acciones unilaterales como éstas en el futuro.

-Pero, ¿el hecho de que haya sido eliminado justamente el negociador internacional no dificulta este tipo de liberaciones?

-Si las FARC tienen la voluntad de hacerlo, lo pueden hacer. Iván Márquez es una persona que prácticamente reside en territorio venezolano, según documentos encontrados en la computadora de Raúl Reyes, y él podría facilitar la entrega de rehenes. Pero de momento, creo, con la muerte de Reyes se va a producir una impasse en los temas relacionados con el intercambio de prisioneros y las liberaciones. Una vez que se nombre el reemplazo de Reyes podría retomarse el hilo de ese acuerdo humanitario. Igualmente, no creo que la muerte de Reyes genere ningún tipo de riesgo para la seguridad personal de estos secuestrados, puesto que, para las FARC, su entrega sanos y salvos es un asunto de alto interés político: de ello depende su imagen internacional, bastante deteriorada por el conocimiento que se tiene de la situación en que se encuentran los secuestrados, en condiciones lamentables durante períodos de más de 10 años en algunos casos.

Ahora, con la invasión del territorio ecuatoriano y las críticas que ha recibido, pareciera que quien quedó más aislado es Uribe. ¿Se justificaba este alto costo diplomático?

-En Colombia ha habido un apoyo unánime de la población y de todos los sectores políticos, incluida la oposición. El apoyo al gobierno, según las últimas encuestas, asciende al 85%. O sea que, a nivel interno, hay un fortalecimiento del gobierno como resultado de esta acción. A nivel externo, es posible que muchos países critiquen y rechacen la incursión en territorio ecuatoriano. Colombia ha dado explicaciones y ha pedido disculpas, reiteradamente. Pero el mundo está conociendo la forma en que los gobiernos de Ecuador y Venezuela han tenido relaciones muy frecuentes con las FARC, le han facilitado su presencia en sus territorios, han llegado a acuerdos a espaldas del gobierno colombiano, le han entregado dinero, por 300 millones de dólares en el caso de Chávez, y han permitido la permanencia de la guerrilla en la frontera.

-¿Qué evidencias concretas hay de la existencia de santuarios guerrilleros en estos dos países?

-Colombia viene entregando desde hace años pruebas documentales de la existencia de campamentos. La muerte de Reyes tuvo lugar en un campamento que llevaba muchos meses en Ecuador, lo que es una prueba más de que esta situación tenía lugar a los ojos de las autoridades ecuatorianas, y los documentos que tenía Reyes en su computadora dan fe de acuerdos entre las FARC y las autoridades ecuatorianas para la permanencia y cooperación con las FARC.

-La eliminación de Reyes, ¿se puede interpretar como un intento de limitar los contactos de las FARC con estos países y con la comunidad internacional?

-No creo. Creo que es el producto de una larga labor de inteligencia y seguimiento de Reyes por parte del ejército y la policía colombianos. Reyes era uno de los objetivos principales por su importancia en la estructura de las FARC. Estos seguimientos ya le habían dado oportunidades en el pasado al ejército de capturarlo o matarlo, pero que se frustraron a último momento. Lo que pasó no fue un golpe de suerte sino el resultado de años de operaciones.

-¿Cree que la cooperación norteamericana en estas tareas de inteligencia fue lo que detonó la reacción de Chávez, al percibir esta colaboración como una amenaza no sólo para Ecuador sino también para Venezuela?

-Para los colombianos ha sido incomprensible la manera en que Chávez ha valorado la muerte de Reyes como una amenaza a la soberanía de Venezuela. No se entiende cómo este país, que no está incluido en esa crisis bilateral, tomó partido por las FARC e incluso lamenta la muerte del jefe guerrillero y dispone actos tan simbólicos como guardar un minuto de silencio en una reunión presidencial.

-¿Tiene una explicación?

La única que tengo es que, tal como evidencian los documentos hallados en poder de Reyes, las relaciones políticas y afectivas entre Chávez y las FARC iban mucho más allá de lo que todos sospechaban.

-El diario El País publicó recientemente una larga investigación sobre los nexos entre las FARC, el narcotráfico y funcionarios venezolanos...

-Eso es un hecho: la forma en que creció el narcotráfico en Venezuela, por donde sale el 60 por ciento de la cocaína desde Colombia hacia Estados Unidos y Europa.

-¿En ese contexto debe ser entendido el envío de tropas a la frontera?

-El envío de tropas fue un acto fanfarrón de parte de Chávez. Colombia no tuvo ningún tipo de intención hostil, ni contra Venezuela ni contra Ecuador. Colombia tiene intención de evitar cualquier tipo de incidente o roce armado en la línea fronteriza, entre otras cosas porque el único favorecido serían las FARC, ya que si el ejército colombiano tiene que desplazar tropas a las fronteras disminuiría la presión interna sobre la guerrilla.

-Pero en la dinámica prebélica en la que se entró, ¿no era posible que una chispa encendiera el conflicto?

-Para que haya un conflicto se necesitan dos, y Colombia no movilizó ni consideró la posibilidad de movilizar tropas a la frontera.

-¿Las FARC podrían haner provocado un incidente?

-No se descartó ninguna posibilidad, dado que para Chávez un incidente fronterizo podría aliviar un poco la situación política interna, que se le ha tornado bastante desfavorable en los últimos meses por los problemas de inflación, desabastecimiento e inseguridad.

-¿A qué atribuye el hecho de que el desprestigio que, según usted, tienen las FARC en Colombia no sea tal en el exterior?

-Probablemente las FARC hayan tenido una acción propagandística muy efectiva en el plano internacional en el pasado. Lo cierto es que, en Colombia, todas las encuestas muestran una imagen negativa del 98%. Y eso quedó demostrado en la movilización espontánea del 4 de febrero, que convocó a millones de personas en todo el país en rechazo a las FARC. Es que las FARC han sido el grupo que, a nivel mundial, realizó más secuestros durante mucho tiempo. Su actitud de hostigamiento a la población civil ha sido masiva y sistemática. Se cuentan por centenares de miles los extorsionados, son varias decenas de miles los secuestrados y miles los asesinados.

-Cuando el ex presidente Néstor Kirchner viajó a la selva para una operación de entrega de rehenes que fracasó, se sospechó que Uribe buscó ese fracaso, posiblemente para evitar que otros actores se involucraran en la negociación con la guerrilla. ¿Qué hay de cierto en esto?

-Ese incidente se frustró porque las FARC estaban engañando a la comunidad internacional al ofrecer la entrega de un niño que no tenía en su poder, como luego se constató. Las FARC entonces acusaron al gobierno de haber realizado operaciones en la zona para cubrir este hecho. Todas las entregas que hubo hasta ahora contaron con una cooperación abierta del gobierno colombiano y, de hecho, organismos internacionales como la Cruz Roja no se han quejado.

-¿Hay incomprensión en la región de lo que significa el drama colombiano?

-Sin duda, ha habido una actitud muy incomprensiva y una falta de cooperación, sobre todo de parte de Venezuela y Ecuador. Han sido distintas las actitudes de Brasil y Perú, sobre todo en lo que respecta la vigilancia de las fronteras, que es muy eficiente en ambos casos.

-¿Cómo cree que imagina Uribe el final del conflicto interno? ¿La única alternativa para él es la eliminación de las FARC?
-No. El gobierno nunca ha cerrado la puerta a un diálogo de paz, a una solución política negociada con las FARC y el ELN que dé por terminada la violencia. De hecho, el gobierno de Uribe realiza en este momento negociaciones de paz con el ELN, la segunda guerrilla del país, en La Habana, y reiteradamente le ha ofrecido un ramo de olivo a las FARC para iniciar un diálogo de paz.
Por Francisco Seminario
El perfil
Estudios universitarios
Nació en 1954 en Tunja, en la provincia colombiana de Boyacá. Estudió economía en la Universidad Nacional de Colombia y realizó luego estudios de posgrado en ciencias políticas en la Universidad de los Andes, de Colombia.
Ensayos y libros
Fue asesor presidencial en materia de seguridad y defensa entre 1994 y 1996, creó en 2003 la Fundación Seguridad y Democracia y publicó artículos, ensayos y libros sobre el conflicto colombiano, entre los que se destaca Colombia: guerra en el fin de siglo .

FRENTE AL TRIBUNAL DE LA HISTORIA Y DE LA HAYA

Diario: La Nación – Opinión



FRENTE AL TRIBUNAL DE LA HISTORIA Y DE LA HAYA



La relación histórica de amistad entre Ecuador y Chile se basa en lazos de larga data y un tejido de colaboraciones en diversas áreas que se han permitido entre estos dos pueblos que se estiman y se consideran como necesarios y clave en su sistema de alianzas.
La visita del Presidente Correa a Chile demuestra una vez más que esta relación especial sigue intacta. Los gobiernos pasan y es una política país la que sostiene la mutua conveniencia de una buena relación con el vecino de mi vecino.
Pero no hay que ser ingenuos. Esta relación pasa por un momento difícil, donde un acercamiento excluyente hacia Ecuador puede proyectar una imagen país controvertida hacia la comunidad internacional.
Es un hecho que terceros países han tomado partido por uno u otro bando en esta crisis. En especial el eje Chávez, Ortega, Castro que se alineó exclusivamente a favor de Ecuador, sin tomar en cuenta que la motivación de Colombia no era invadir a Ecuador.
El Presidente Uribe recibió un mandato por elecciones democráticas de eliminar al enemigo número uno de su estado, las FARC, para eso fue elegido. Hace pocos días, millones de colombianos y ciudadanos de otros países, lo apoyaron y repudiaron el accionar violento de los terroristas y llamaron a la pacificación del país.
Pero apoyar la inviolabilidad del territorio de Ecuador no es sumarse a un arco ofensivo de alianzas en contra de terceros, menos significa legitimar la acción de grupos terroristas y la justificación de los secuestros.
Sin embargo, se producirá un escenario muy adverso para cautelar el valor supremo de la estrecha relación histórica entre ambos países, que es un tema país de la política exterior chilena y que se tratará de enlodar, rodeándola de una campaña orquestada de rumores y especulaciones. Grupos fácticos y los mercaderes de la guerra se encargarán de sembrar la semilla de la discordia y el divisionismo.
Ecuador fue violado en lo más sagrado de una nación, en su integridad territorial, y ello explica su firme reacción. También legitima el apoyo irrestricto de Chile. Ese es el núcleo de nuestra amistad, la defensa de la tesis de que los tratados se cumplen, son intangibles, al igual que los territorios y límites, y esa es la piedra angular que es una seguridad para todos.Ese es el mensaje más fuerte que Chile y Ecuador pueden enviar a la región y al mundo.
En especial, frente a las apelaciones de Perú ante el Tribunal de La Haya, cuyo gobierno desconoce tratados que Chile y Ecuador ratificaron.
La histórica amistad bilateral de Ecuador y Chile, más allá de los intereses que tengan terceros actores regionales y extrarregionales, es sometida a la dura prueba de la amistad en tiempos difíciles.
En ello, Chile debe honrar su palabra y hacer respetar el derecho a la vida, rechazando la violencia y la toma de rehenes, y garantizar la inviolabilidad de los límites territoriales y de los tratados.
Así seremos consecuentes, honraremos a nuestros antepasados y enfrentaremos victoriosos el Tribunal de la Historia y de La Haya.

LA GUERRA IMPOSIBLE

Diario: El Tiempo – Opinión

LA GUERRA IMPOSIBLE


Eduardo Pizarro Leongómez. Columnista de EL TIEMPO.
Las controversias interestatales se resuelven en la mesa de negociaciones.

Uno de los rasgos de América Latina que más sorprenden a los analistas internacionales -no todo pueden ser malas noticias- es la ausencia casi total de conflictos armados interestatales.
Mientras que los europeos se han matado sin pausa ni tregua durante centurias y solamente en el siglo pasado llevaron a cabo las dos carnicerías más sanguinarias de la historia -la I y la II guerras mundiales-, en nuestro continente los conflictos armados entre naciones se pueden contar con los dedos de las manos. En efecto, tras las guerras de Independencia solamente tres guerras interestatales merecen una mención especial: la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), la Guerra del Pacífico (1879-1883) y la Guerra del Chaco (1932-1935). El resto fueron guerras cortas y con un número muy reducido de víctimas, tales como las dos guerras entre Ecuador y Perú (1941 y 1995), la llamada Guerra de las 100 Horas (o del Football) entre Honduras y El Salvador (1969) y una que otra escaramuza aquí y allá, tal como el enfrentamiento entre Colombia y Perú (1932).
La Guerra de la Triple Alianza ha sido, probablemente, la más brutal que haya vivido el continente. Paraguay, el país más desarrollado de América Latina en la primera mitad del siglo XIX, pretendió ejercer bajo el liderazgo del mariscal Francisco Solano López un arbitraje en los asuntos rioplatenses y terminó enfrentando una coalición armada entre Argentina, Uruguay y Brasil, estimulada por la Gran Bretaña. La derrota de Paraguay en el combate de Cerro Corá se acompañó de un desastre demográfico. Su población antes de la guerra, 1'525.000 personas, se redujo a 221.000 de los cuales solamente 28.000 hombres. 5 de cada 6 paraguayos habían muerto.
La Guerra del Pacífico o del Salitre enfrentó a Chile contra Bolivia y Perú. Bolivia se retiró de la contienda tras su derrota en la batalla del Alto de la Alianza en Tacna (1880) y Perú fue ocupado por las tropas chilenas, instalando un gobierno de facto en el Palacio Pizarro de Lima. Tras los acuerdos de paz firmados por las tres naciones, Chile quedó bajo el control de las ricas zonas mineras (salitre y cobre) del desierto de Atacama.
En el siglo XX solamente la llamada Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia merece una reseña. La disputa se originó por la región del Chaco Boreal que, pese a su aridez y escasa población, es atravesada por el Río Paraguay. Su control era visto por una y otra nación sin acceso al mar como una alternativa para acceder al Océano Atlántico y dejó en el campo de batalla a 60 mil bolivianos y 30 mil paraguayos muertos y a una y otra economía arruinadas.
Fuera de estas tres guerras devastadoras, América Latina ha resuelto sus diferencias mediante acuerdos diplomáticos. Tan como señala el profesor de la Universidad de Princeton Miguel Centeno (Blood and Debt: War and the Nation-State in Latin America, 2002), mientras que en Europa el 62 por ciento de las disputas fronterizas se han resuelto mediante las armas, en América Latina sólo el 5 por ciento. Es más, las (borrosas) fronteras heredadas de la Colonia española han sufrido pocos cambios desde la Independencia.
Los latinoamericanos no se matan entre sí, como sí ocurre de manera sistemática entre europeos, africanos y asiáticos (aunque, es necesario reconocerlo, muchas veces si nos matamos entre los nacionales de cada país en dictaduras sanguinarias y conflictos internos interminables).
Ante la fanfarronada de Hugo Chávez de enviar 10 batallones a la frontera de Colombia con un tono amenazante, la decisión del presidente Álvaro Uribe de no enviar ni un solo soldado fue una medida sabia. No solamente se trataba de evitar una provocación que hubiera podido desencadenar hechos dolorosos. Se trataba, ante todo, de mantener una regla de oro de América Latina: las controversias interestatales se resuelven en la mesa de negociaciones y no mediante cañones. En este campo, América Latina es ejemplar.

Eduardo Pizarro Leongómez

EL MERCOSUR NECESITA MÁS COOPERACIÓN Y MENOS RIVALIDAD

Lunes 6 de Junio de 2005



EL MERCOSUR NECESITA MÁS COOPERACIÓN Y MENOS RIVALIDAD



Cuando surgen dudas en algunos sectores sobre la integración regional y la asociación estratégica con Brasil, se impone defender el camino seguido por el Gobierno, pero reclamar también un compromiso mayor para profundizar el proceso.
El nacimiento de la integración con Brasil se produjo en medio de la llamada "década perdida", caracterizada por el enorme endeudamiento externo y la falta de crecimiento, y en tiempos en que era prioritaria la necesidad de restablecer los derechos humanos y las condiciones de la convivencia civilizada desterrando la impunidad. En ese marco se definió a la integración como un proceso de naturaleza política , que debía conducir a la creación de un espacio común, regional, imprescindible en el mundo de la revolución científica y tecnológica, para unir y fortalecer las capacidades productivas y culturales. Esto es, para acceder a una economía legitimada por la aptitud de crear riqueza y trabajo . En estos momentos, en los cuales parecieran surgir dudas en algunos sectores sobre aspectos centrales de la política exterior del país, en particular la integración regional y la asociación estratégica con Brasil, me permito recordar las enormes dificultades que atravesábamos cuando tuvieron origen , sin duda muy superiores a las que hoy vivimos. Sin embargo, pudimos concretarlo y avanzar. Hay razones que nos llevan a defender el camino hasta ahora seguido por el Gobierno y a reclamar un compromiso mayor a la luz de la evidente necesidad de que se profundice y se amplíe el proceso de integración en una dimensión sudamericana. En ese marco me permito señalar que la política de integración regional está respaldada por un amplio y generoso consenso de la sociedad de nuestro país y es sostenida por una visión sobre la proyección histórica de la Argentina que en gran medida compartieron desde sus orígenes la UCR y el Partido Justicialista. A pocos meses de conmemorarse los 20 años del día de la Amistad Argentino-Brasileña convendría recordar las lecciones que nos brinda la historia de nuestro país . El objetivo de iniciar una nueva era en la relación bilateral fue el de encaminar a ambos países en el camino de la integración que brindaba enormes posibilidades y no seguir por el camino de la rivalidad que genera grandes costos . Cuando en 1985 iniciamos el proyecto de integración con el presidente José Sarney de Brasil, lo hicimos porque comprendimos que era la mejor manera para consolidar la paz en la región, defender las democracias incipientes y el respeto de los derechos humanos, ampliar nuestros márgenes de autonomía nacionales e impulsar un proceso de desarrollo económico y social solidario. En todo momento, dicho proyecto de integración se visualizó como abierto a la adhesión de los otros países de la región. Es cierto que el camino de la integración enfrenta siempre difíciles obstáculos que requieren de una paciente conducción política y que no se puede esperar que ambos países compartan las mismas posiciones en todos los temas de la agenda internacional. Pero lo que no se puede permitir es que diferencias puntuales, por más importantes que sean, hagan perder de vista los intereses y necesidades fundamentales de ambos países . No está en mi ánimo enumerar en estos momentos las falencias del Mercosur. El proceso de integración demostró ser sumamente valioso para consolidar la paz, la democracia y los derechos humanos y generar múltiples caminos de cooperación. No obstante, se debe reconocer que como consecuencia del enamoramiento de los gobiernos de los presidentes Collor de Mello y Menem con recetas mágicas , que provenían de otras regiones del mundo y que se incorporaron de manera acrítica a nuestra región, el proceso de integración gradual y flexible sufrió una brusca y rígida mutación . A principios de la década de los 90 el proceso de integración cambió su nombre y su configuración, perdió buena parte de su dimensión política y social, se sometió "a la mano invisible" y se transformó en un proyecto meramente comercial . El Mercosur buscó ampliar mercados sin tener en cuenta las potencialidades existentes para aumentar la cooperación económica que permite generar procesos de desarrollo equilibrados y solidarios y abre las puertas para aumentar la autonomía de ambos países en el sistema internacional. Asimismo, soslayó las dimensiones políticas y sociales de todo proceso de integración. Este artículo se escribe con la finalidad de estimular a las autoridades de mi país para que no pierdan de vista los intereses nacionales esenciales y relancen el proceso de integración sobre nuevas y más sólidas bases. Si en la dimensión económico-diplomática existen dificultades que son en gran medida consecuencia de ese diseño del Mercosur, en la dimensión político-estratégica también existen diferencias que son en parte el arrastre de una visión divergente entre ambos países en la década de los años 90 . La Argentina siguió la lógica de las relaciones carnales y Brasil se refugió en la tradición de una superada política nacionalista. Las diferencias existentes entre nuestras Cancillerías sobre la composición del Consejo de Seguridad —que constituye, aunque muy importante, sólo un aspecto en el marco de las reformas del sistema de las Naciones Unidas— no deben contaminar las grandes y profundas convergencias existentes en casi todos los temas de la agenda internacional. Es indudable que la alianza entre Argentina y Brasil constituye el principal obstáculo para la conformación de un espacio económico subordinado a los intereses de sectores dominantes de los Estados Unidos. La asociación de toda América del Sur en un proyecto común fortalece considerablemente las posibilidades de generar un desarrollo autónomo, solidario y equilibrado para toda la región. En ese marco llama profundamente la atención que desde sectores distintos se pongan en duda compromisos asumidos por nuestro país al más alto nivel respecto del proceso de integración sudamericano. Los argumentos que se exponen de que el proceso de integración del Mercosur no está todavía preparado para la ampliación a una dimensión sudamericana, que la Argentina no se debe dejar arrastrar por el liderazgo brasileño o que se deben analizar las "oportunidades" que abriría el ALCA, expresan, en el mejor de los casos, análisis incorrectos . ¿Cómo puede el Mercosur no estar preparado para la Comunidad Sudamericana de Naciones y sí estarlo para el ALCA? ¿Cómo puede la Argentina temer las ofertas exportables de Perú, Ecuador o Colombia y no tener ninguna precaución por la competencia que podrían generar en el mercado regional y nacional la oferta exportable de la principal economía del planeta? ¿Cómo se puede acusar de agresiva a la política externa brasileña y sugerir entonces como respuesta un alineamiento con la potencia imperial americana? La Argentina, si quiere contrarrestar las asimetrías existentes con Brasil como consecuencia de las diferencias de volumen entre ambos países, debe caracterizarse en la región por ser el Estado miembro del proyecto de integración que genera calidad . Aspiro para la Argentina el papel de ser la usina de ideas y proyectos de la región. Nuestro país no puede ser el "freno de mano" del Mercosur, debe ser el "acelerador", debe ser el Estado miembro que impulsa a la región a nuevos horizontes de cooperación y a nuevos objetivos a ser alcanzados, y que proponga soluciones a los desafíos o problemas que se enfrenten. La Argentina nunca debió regalarle a Brasil la bandera de la integración regional en América del Sur ; debió haber sido el socio del Mercosur más entusiasta y generoso con el proceso de integración sudamericano, lo que nos hubiera brindado un sano liderazgo entre los países hispanoamericanos de América del Sur, mucho más cercanos por historia y cultura a la Argentina que a Brasil y muy complementarios en materia económica con nuestro país. La no constitución de dicho espacio dividiría a América del Sur en dos regiones, una al sur y otra al norte, donde Brasil ocuparía un papel central y participaría de ambas. América del Sur y Brasil están requiriendo de la participación de una Argentina que sea un socio activo en la construcción de un proyecto común , que genere iniciativas y no que meramente se lamente cuando las iniciativas son generadas por los otros.

Raúl Alfonsín. Ex presidente de la Nación.
Copyright Clarín , 2005.

AMERICA LATINA: ¿DE NUEVO LA ESTABILIDAD?

Martes 10 de mayo de 2005


AMERICA LATINA: ¿DE NUEVO LA INESTABILIDAD?



Por Eugenio Kvaternik Para LA NACION

La destitución del coronel Lucio Gutiérrez, presidente de Ecuador, es el episodio más reciente de una ola de episodios similares, que comienzan con la destitución de Fujimori en el Perú, pasando por las renuncias de De la Rúa en la Argentina y Sánchez de Lozada en Bolivia, y en los que, en lugar de lo que ocurría antes, no son los militares sino la fronda ciudadana la que fuerza a abdicar a los mandatarios electos. La duda y la perplejidad nos invaden frente a lo ocurrido en Ecuador, donde la asamblea depuso a Lucio Gutiérrez sin la mayoría de votos necesaria, acusándolo de abandonar el cargo, mientras lo echaba. Para explicar el golpismo militar latinoamericano, anterior a la aparición de los autoritarismos de los años 70, intermitente y a la vez continuo, el politicólogo americano Alfred Stepan plasmó la noción de intervención "moderadora". Su análisis sugería que, mientras para el observador o para el ciudadano común el golpe era un síntoma de que el proceso político e institucional había entrado en una fase de descomposición, hurgando debajo de las apariencias, el académico descubría que, por el contrario, la intervención de la fuerza armada debía ser vista como un fenómeno de recomposición del proceso político. Provocada ya sea por un escenario de polarización social y política o por la pérdida de consenso del jefe del Ejecutivo, se desencadenaba una crisis que los resortes constitucionales no podían resolver. Con el consenso de las elites civiles, el ejército desplazaba al presidente, convocaba a la brevedad a nuevas elecciones y recomponía –momentáneamente al menos– un curso político deteriorado. Esta misma lógica moderadora está presente en los desplazamientos recientes de los presidentes latinoamericanos, pero en lugar del ejército, el protagonismo corresponde ahora a la masa civil, que, en vez de convocar a elecciones como los militares, abre paso a la sucesión legal en la figura del vicepresidente. Con cinco intervenciones militares entre 1930 y 1966, la Argentina y Brasil fueron el paradigma del golpe de Estado moderador. ¿Será Ecuador, con tres presidentes en ocho años –Bucaram, Mauhad y Gutiérrez–, el paradigma del golpe ciudadano moderador? ¿Asiste América latina a una nueva forma de crisis en la cual el ciudadano moderador sustituye al ejército moderador? He aquí una lectura plausible, cuya bondad se deriva de que convence no sólo por su simplicidad, condición que, según nos decía el filósofo medieval Guillermo de Ockam, es el requisito necesario de toda buena teoría, sino que tiene, además, la ventaja de acercarnos a cierto sosiego. A pesar de que la destitución de un mandatario no es el desenlace ideal de una crisis, siempre será mejor el civil moderador que el militar moderador. Pero si la teoría es simple, la realidad es más compleja. En efecto, estos episodios ocupan un espectro que tiene en un extremo la Venezuela de Chávez y en el otro a Bolivia, y ahora, quizá, también a Ecuador. Venezuela sugiere que la crisis no siempre abre espacio a un árbitro. Los opositores de Chávez, que propiciaron su desplazamiento mediante un golpe militar –empresarial y luego a través del referéndum revocatorio–, volvieron a reiterar que, en política, no sólo nunca se sabe para quién trabaja, sino que también puede estar haciéndolo para su peor enemigo. Los presuntos adalides de la moderación contribuyeron a cebar la polarización y consolidaron con más fuerza el reinado de su adversario. En el otro extremo del espectro está Bolivia, donde la destitución de Sánchez de Lozada y la asunción del vicepresidente Meza son la punta del iceberg debajo del cual se mantienen al acecho, los cocaleros de Evo Morales y los aymaras de Felipe Quispe. Entre ambos extremos, se encuentra la solución argentina, ya que, a partir de la destitución del doctor De la Rúa, se reanuda el juego político en un marco de relativa estabilidad, y como la esperanza en el futuro opaca el recuerdo del pasado, no es casual que haya dado pábulo a la hipótesis de que –a pesar de los excesos de manifestaciones que nos deparó 2001, con la violencia y el "que se vayan todos"– la ciudadanía contribuyó, por último, a recomponer el proceso político. Tucídides, el historiador ateniense, sostenía que la moderación de los espartanos obedecía a su temor constante a la sublevación de sus esclavos, los ilotas, que los superaban en número en una proporción de siete a uno. Su observación es un paño exiguo para ser adosado a estos episodios. La idea de que el desenlace moderador, por medio de políticos cuestionados, fue una acción preventiva de parte de sectores de clase media motivada por un temor similar al de los espartanos, es decir, a una reacción de nuestros conciudadanos marginados y víctimas de desigualdades intolerables, se desvanece porque éstos, como lo atestigua entre otras la experiencia boliviana, también participaron del hecho. En el plano político al menos, nuestras ciudades están pobladas exclusivamente por espartanos, y ya no hay más ilotas. ¿Cuál es entonces el tenor de esta ola de inestabilidad? Nuestros países experimentaron en algún momento la democracia, conocieron el golpismo moderador entre los años 40 y 60, se desbarrancaron, a partir de la polarización, en el despotismo, recuperaron posteriormente la democracia y se enfrentan ahora con las diversas variantes de la masa civil. El lector puede encontrar la respuesta a estos fenómenos en los teóricos de los ciclos de las formas de gobierno. Con excepción de Chile y Uruguay, que, siguiendo a Montesquieu, sólo conocen la república y el despotismo, el resto de los países debe buscar la respuesta en Platón. Para este autor, el ciclo comienza con la forma pura –para él era la aristocracia– y se continúa con las impuras, cada una de ellas peor que la anterior, y la última la peor de todas. Hemos experimentado sucesivamente la forma pura –la república democrática– para pasar luego a las diferentes formas impuras, salvo que, a diferencia de lo que decía Platón, nos queda el leve consuelo de que la última, la masa civil, es la menos mala de todas. De todos modos, queda sin contestar la duda que aletea en todos los espíritus: ¿estamos frente a una descomposición o frente a una recomposición del proceso político? Tucídides relata que la derrota militar en Sicilia selló, prácticamente, la derrota ateniense en la guerra del Peloponeso. Cuando el ejército ateniense se retiraba de la isla, un eclipse de luna llevó a su jefe a consultar un augur, quien interpretó el eclipse como un signo que ordenaba suspender la retirada, tres veces por nueve días, es decir, cuatro semanas. Así lo hicieron, y dieron tiempo a que sus enemigos los cercaran y aniquilaran. Plutarco señala que Filocoro, otro historiador y también augur, luego de estos acontecimientos, interpretó que, por el contrario, el oscurecimiento de la luna favorecía a quienes huían y que, de haberlo interpretado así, los atenienses se hubieran salvado. En la Argentina, la crisis económica derribó a De la Rúa, mientras que la economía no tuvo impacto alguno en la crisis ecuatoriana. En Venezuela, el ejercitó acabó apoyando a Chávez y en Ecuador le retiró su apoyo a Gutiérrez. Esto indica que si por ahora, y como los de la naturaleza, también nuestros eclipses institucionales son momentáneos, los factores que los provocan y sus consecuencias varían de país a país, por lo cual nosotros también, al igual que los augures griegos, nos dividimos sobre su significado. Ojalá que no nos ocurra como a ellos y que nadie nos eche en cara que interpretamos como una recomposición un eclipse que anunciaba los signos de la descomposición.
El autor es profesor de Teoría Política en las universidades de Buenos Aires, del Salvador y Católica Argentina.